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Si alguna vez hizo el Camino de Santiago recordará muchas cosas. Seguramente una de ellas será el peso de su mochila y cómo se lamentó en algún momento del exceso de carga que tuvo que afrontar un kilómetro tras otro. Al fin y al cabo, la Ruta Jacobea supone un cierto sufrimiento y no pocas privaciones pero, hoy en día, cargar con la mochila no debería ser una de ellas. Hay un buen ramillete de empresas que se encargan de trasladar bultos a los peregrinos, una actividad que, desde el año pasado, ha asumido también Correos.

Por cinco euros, la empresa pública recoge la mochila en el albergue donde ha dormido el peregrino y se lo deja en el que pernoctará esa noche. Si se contratan todas las etapas de la ruta, el precio se reduce a cuatro euros. ¿De verdad vale la pena cargar con todo?

Acompañamos a Emilio, uno de los ruteros que Correos ha puesto en el Camino para abordar la tarea de aliviar a los peregrinos. A las siete de la mañana partimos del centro de distribución que la empresa tiene en Lavacolla y ponemos proa a Triacastela, fin de la primera etapa gallega del Camino Francés. Emilio demuestra que sabe mucho sobre el Camino, que recorre a diario. En nuestra ruta, entramos y salimos de la que usan los peregrinos y resulta sorprendente la cantidad de caminantes con la que nos cruzamos. En algunas rectas se cuentan por centenares, de todas las edades y nacionalidades. La mayoría, claro está, con la mochila a cuestas.

En Triacastela empieza el baile. Allí recogemos las primeras mochilas, que dejaremos en la siguiente etapa iniciando la cadencia de este reparto singular: las mochilas que Emilio recoge hoy en Triacastela, las deja en Sarria y mañana las recogerá en Sarria para dejarlas en Portomarín y así sucesivamente, de manera que nuestro rutero ya conoce de memoria los bultos y los nombres, pese a que los dueños calzan apellidos finlandeses, coreanos, alemanes o de cualquier otro lugar. El Camino, ya se sabe, es universal.

Antes de salir, Emilio cuenta con un plan de ruta en el que figuran todos los bultos que debe recoger, con su destino, que no siempre es un albergue. Muchas veces nos desviaremos a establecimientos de turismo rural situados a varios kilómetros del Camino, destinos que complican la ruta pero a los que Correos no puede renunciar si quiere mantener su leyenda de llegar a todas partes. En esos casos, Emilio me señala una de las curiosidades de su trabajo: cuanto más lujoso es el lugar de destino, más grande y sofisticada es la maleta. Así que, después de ver como trasiega mochilas en los albergues, le veo mover maletas con ruedas en casas rurales de 55 euros la noche cuyos propietarios, desde luego, no iban a llegar a Santiago arrastrando semejantes valijas como si pasearan por los pasillos de un aeropuerto.

En Sarria, Melide y Arzúa, el reparto es más sencillo, ya que las oficinas de Correos previamente han recogido las mochilas. Así, nosotros solo hacemos carga y descarga en la oficina. En Palas de Rei o en Portomarín, localidades volcadas en la atención al peregrino y plagadas de albergues y pensiones, la tarea se hace puerta a puerta. Allí es donde Emilio hace alarde de su conocimiento de donde está cada albergue, cuántas maletas dejó ayer y cuántas recoge hoy. A veces parece que podría trabajar sin el plan de ruta. Además, de vez en cuando se recibe alguna llamada para incorporar un punto al recorrido donde recoger un bulto imprevisto. En muchos sitios, el sobre adherido a la mochila donde figuran los datos del propietario, incluye el precio del desplazamiento, así que el rutero conduce, carga, descarga, cobra, atiende el teléfono…

-¿No vamos a tomar un café?

-No tenemos tiempo.

La posibilidad de peregrinar sin cargar con la mochila es una tendencia creciente. El día que hicimos este reportaje, el rutero movió setenta mochilas, una cantidad ínfima, en relación a los miles de peregrinos que nos cruzamos por el Camino. A medida que el verano se vaya presentando, la demanda aumentará y Correos se verá obligado a incluir más ruteros para atender este servicio. Al acabar esta jornada, el furgón en el que viajamos había sumado cuatrocientos kilómetros que, sin duda, las espaldas de unos cuantos peregrinos agradecieron.

Fuente: La Voz de Galicia

jesuspalacios
kkezman@hotmail.com

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