nonameEl pasado 6 de Agosto fue la celebración de la Transfiguración del Señor; en Oviedo, donde convergen los Caminos de la Costa, Primitivo y del Salvador, para los peregrinos siempre ha sido secularmente motivo de celebración: la Festividad de el Salvador, advocación a la que se acoge la Catedral ovetense. Es tradición que durante la misa ante la Imagen sagrada del Salvador, se bendijeran ramas de laurel que luego se repartían entre los peregrinos. En recuerdo de tan jacobea festividad os dejamos con este hermoso, por su sabiduría y antigüedad, sermón de la Transfiguración del Señor, cuyo autor es Pedro el Venerable, y que nos traen los monjes hospitalarios del Monte Irago:

“Hoy, queridos hermanos, brilla para nosotros un día más sereno de lo acostumbrado, porque la luz celestial se ha derramado sobre la tierra, porque la verdadera luz ha iluminado las tinieblas de los mortales, porque hasta corporalmente se ha mostrado visible el divino resplandor en el mundo humano. Hoy, el sol eterno, quitando un poco la caliginosa debilidad de la carne, a través de un cuerpo todavía mortal ha brillado en un nuevo y estupendo milagro, resplandeciendo admirablemente. Hoy, el Verbo hecho Carne, ha mostrado en la luminosidad del rostro y de los vestidos, la divinización de su carne a él unida. Hoy hemos visto su gloria, gloria como del Hijo único del Padre, en la voz venida a él desde lo alto de la gloria.

Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco: escuchadle. He aquí la gloria del Unigénito del Padre, cuando el Padre reconoció a su Unigénito, cuando lo reveló a los ignorantes, cuando demostró que era su Hijo a través de sus obras divinas, cuando hoy singularmente lo clarificó, cuando lo distinguió de los adoptivos como hijo suyo propio, al decir, proclamando desde el cielo: Éste es mi Hijo querido. Tengo otros muchos por la gracia, pero este es mi Hijo por naturaleza. Los otros lo son en el tiempo, éste antes del tiempo. A los otros los he creado, a éste lo he engendrado. Y de tal manera lo he engendrado, que es mi unigénito. Y unigénito, porque lo he engendrado de mi substancia solo a él, y no a otros. Juan vio esta gloria, como de Unigénito del Padre, cuando conoció a Dios de Dios, cuando lo contempló transformado en la gloria, y cuando escuchó al Padre instruyendo a los hombres acerca del Hijo. Por eso dijo: Hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre. Lo vio el, y lo vieron también otros. Lo escucho él, y lo escucharon también otros. Pues también Pedro dijo: Esa voz la escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo.

Otro que lo vio y lo escuchó lo atestiguan los santos evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, al afirmar: Tomó, dicen, Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, y se los llevó consigo a un monte elevado, y se transfiguró ante ellos. Se añade como tercer testigo de tal visión a Santiago, pues según la sentencia del Señor: Toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos. Tales palabras, tal visión, tan excelso asunto, convenía que fuera confirmado con el testimonio de los tres apóstoles más importantes. Así pues, el Salvador se llevó a tres discípulos, para que la divinidad de la Trinidad que se manifestaba, fuera significada en el número ternario de los discípulos.. Apareció, pues, el Padre en la voz, el Hijo en la carne glorificada, y el Espíritu Santo en la nube brillante.. He aquí que una nube brillante los cubrió. En verdad, la nube es el Espíritu Santo. Nube, pues enfría a las almas a las que cubre de los ardores de la voluptuosidad carnal, porque las fecunda con su lluvia celeste a las que encuentra áridas. Nube brillante, porque ilumina con su fulgor las oscuras tinieblas.. También la nube cubrió a la Virgen, cuando dice: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá.

Mirad, hermanos, la gloria de esta solemnidad, mirad la obra de la Trinidad, mirad el misterio de la Resurrección. Y, ¿por qué dije de la resurrección? Habla el Padre, brilla el Hijo, cubre el Espíritu Santo. Los apóstoles ven esto, pero no sino después de ocho días. Así dice el evangelista Lucas: Después de estas palabras, pasados ochos días, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan. Sabéis, los que os habéis dedicado al estudio de la Escritura, que el número seis designa las pasiones de los malvados, el número siete el descanso de las almas, y el octavo la resurrección de la carne. Pues el sexto día, el hombre creado nació para trabajar, y Cristo padeció los insultos, los azotes, la cruz y la muerte; el séptimo día Dios mandó descansar del trabajo, y Cristo descasó en el sepulcro en la carne asumida libre de los sufrimientos; el día octavo, resucitando, nos infundió la esperanza de la resurrección y de la vida inmortal.”

Buen Camino.

Texto: Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Sevilla-Vía de la Plata

jesuspalacios
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